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La austera elegancia espiritual de Aubazine de Chanel

Traducido por
Rocío ALONSO LOPEZ
Publicado el
21 ene. 2020
Tiempo de lectura
4 minutos
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La modista de Chanel, Virginie Viard, volvió a las raíces de la casa en busca de inspiración esta temporada de Alta Costura, antes de que Coco imaginara que sería diseñadora, hasta llegar a su colegio de monjas en el Macizo Central, en el corazón de la Francia rural.
 

Chanel - primavera/veerano 2020 - Alta Costura - París - © PixelFormula


Aubazine fue un convento donde Mademoiselle Gabrielle Chanel y sus hermanas comenzaron a estudiar en 1895, en una abadía cisterciense fundada por primera vez en el siglo XI. Aubazine, donde Coco aprendió a coser, y donde los hábitos negros de las monjas fueron la base del origen de la gran idea revolucionaria de Chanel: el pequeño vestido negro.

Fundado para niñas pobres y huérfanas por la Congregación del Sagrado Corazón de María, tenía un régimen austero, con estricta disciplina. Una disciplina reflejada en el corte exacto de los looks de apertura: trajes de cuadros puros, casi preciosos, cortados tres pulgadas por encima de la rodilla y llevados con zapatos simples de charol y calcetines blancos de colegiala, vestidos con bolsillos de lana gris oscuro con hombros escapulares o vestidos de pata de gallo en forma de reloj de arena. Lo mejor de todo, algunos vestidos de forma de trompeta que fluían perfectamente en cuadros audaces que se movían mientras las modelos pasaban recordando, a cualquiera a quien alguna vez le hubieran enseñado las monjas, a la llegada de una hermana religiosa.

La pasarela fue protagonizada por Gigi Hadid, en su rol de madre superiora, imponiendo el orden en la escuela de niñas. Es comprensible, dada su valiente actuación la temporada pasada cuando echó a una intrusa en el desfile de prêt-à-porter de Chanel. Hadid, sin embargo, era una monja atrevida, con un vestido largo con cinturón negro con una abertura que revelaba sus muslos.

También había toques de Manon des Sources, con una antigua fuente provenzal en funcionamiento, en el centro de un preciso jardín del claustro del convento, en un hermoso decorado donde las modelos marchaban sobre adoquines que formaban mosaicos con el escudo de armas de la abadía compuesto por la luna, el sol y las estrellas.

Sin embargo, a diferencia del Sagrado Corazón, donde se viste de negro, la mayoría del elenco vestía de color crudo, crema o blanco. Se parecían más a los dominicanos, sin disimulos cuando se trata de disciplina, dado su papel en la Inquisición, con sus largas túnicas blancas.

Incluso el decorado cuadrado estaba delimitado por cientos de hojas lisas que se secaban como al sol entre las flores silvestres de Aubazine, perfumadas con un simple jabón de convento.

Viard también jugó con las vidrieras cistercienses de la capilla de Aubazine, usándolos en un par de trajes espléndidamente impresos. Los colores de las vidrieras, que se convertirían en parte de la estética de los accesorios de Coco, se ven hoy en el fabricante de bisutería Goossens, parte de las Métiers dʼArt de Chanel.


La austeridad de La Pausa



Más tarde en su vida, cuando la moda la convirtió en una mujer rica, Coco construyó La Pausa, su villa bastante austera en el sur de Francia. Incorporó una réplica de la gran barandilla de piedra de Aubazine, por la que descendía diariamente a la abadía.

“Lo que me gustó de inmediato fue que el jardín del claustro no estaba cultivado. Estaba muy soleado. El lugar me hizo pensar en el verano, una brisa perfumada con flores. Quería bordados florales como un herbario, flores delicadas. Lo que me interesó de esta decoración fue la paradoja entre la sofisticación de la alta costura y la simplicidad de este lugar”, explicó Viard después de visitar Aubazine y La Pausa.

Quizá no todos los experimentos de sastrería funcionaron, los bolsillos desplazados ocasionalmente estropeaban la silueta, pero fue genial ver a una modista tomando algunos riesgos. El trabajo de Viard muestra una confianza cada vez mayor. Especialmente para la noche, mostrando unos maravillosos vestidos de encaje y una columna de encaje de guipur, todo terminado con botines blancos con cordones negros. El desfile culminó con Kaia Gerber como una postulante que encontró el amor fuera del noviciado, al estilo “Sonrisas y Lágrimas”, y salía para una cita romántica, con un vestido de encaje ceñido en la cintura rematado con un velo de gasa negro puro.

“También me gustó la idea de los alumnos internos, de la colegiala, los atuendos que llevaban los niños hace mucho tiempo”, indicó Virginie Viard.

Aunque, como el Sagrado Corazón, que abrió escuelas para niñas en toda Europa, esta fue una colección de Alta Costura en gran parte desprovista de adornos y joyas. En pocas palabras, una expresión purista de Alta Costura y el homenaje más respetable imaginable al ADN de una casa.

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